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miracultura: Claudio Di Girolamo

Claudio di Girolamo


EL OJO DE NEMESIO

El gesto es simple y claro: el índice de la mano derecha, extendido, sube hasta el párpado inferior del ojo derecho. Presionándolo suavemente, lo desplaza un poco hacia abajo; la mirada de frente, hacia el interlocutor.
Al mismo tiempo brota de la boca del sujeto, con un tono entre serio y travieso, la frase emblemática: “ ¡OJO CON EL ARTE!”.............
En ese invierno, a mediados del ´69 creo recordar, sentados en una mesita de un bar minúsculo en la esquina de Santa Lucía con Agustinas, hoy desaparecido, dos sujetos, con cara de frío, trataban de alargar la degustación de un café para acortar la espera.


Afuera, la rutina del semáforo y de los autos doblando hacia la derecha frente al cerro Santa Lucía. El más“maduro” se entretenía en contar los autos, discernir los diferentes modelos, los años de fábrica y, cuando la luz roja los detenía, escrutar los rostros de los conductores tratando de adivinar historias, emociones, objetivos.
El más joven ya había mirado varias veces, con cierta impaciencia, su reloj pulsera...
“Oye, Claudio, ¿irá a llegar?”...
“Tranquilo, Leonardo, todavía está en la hora... No te aceleres...”
De pronto, la alta silueta se recortó en la puerta del bar y la voz jovial llenó el espacio:
“¡Hola!..Perdonen el atraso, siempre hay algo imprevisto... del museo hacia acá me han parado unas cuantas veces”.
Tratando de ajustar su larga humanidad a lo angosto del recinto, se sentó y se dirigió al mozo:
“Un café chico, por favor.” Luego, mirándolos con cierta preocupación, agregó: “bueno,... ¿en qué lío me quieren meter?”.
Todo había empezado unos días antes, cuando, con Leonardo Cáceres, en aquel entonces Director de Prensa del Canal 13 de TV de la Universidad Católica, habíamos esbozado la loca posibilidad de un super-mini programa diario, dentro del noticiero de la noche, que tuviera que ver con las artes plásticas.
Eran los tiempos de oro en los cuales la televisión chilena, por ley, estaba en manos de las Universidades del país, “para garantizar su específica misión cultural”...
El teléfono de la Dirección del Museo de Bellas Artes había sonado: “aquí, de Canal 13, el Director quisiera hablar con don Nemesio Antunez...”
“¿Aló?”
“¡Aló!... Nemesio, habla Claudio di Girolamo, ¿como estás?”...
Hubo un breve intercambio de saludos y después, sin solución de continuidad:
“¿Te parece que vayamos al grano?”
Al otro lado se oyó una carcajada.
“Por Dios, ¡hombre!, qué apuro...”
“Bromas aparte; tengo que proponerte algo...¿Cuando nos podemos ver?”...
“¿Es urgente?”...
“Para nosotros, sí”...
“¿Nosotros?”...
“Sí, para el Canal”...
“Me dejaste metido,...No me puedes adelantar algo?”...
“Mira, lo único que te puedo decir, por ahora es que no puede ser que dos personas que se dedican a lo mismo, que trabajan en el arte, que están en este momento en puestos de responsabilidad y con los mismos objetivos respecto a la cultura del país, no se pongan de acuerdo para hacer algo en conjunto”...
“¿Algo como qué?”...
“Nemesio, tú eres el Director del Museo, yo soy Director del Canal 13, tenemos que inventar algo para llevar el arte a la gente en forma mas masiva.”...
“¡Ni una palabra más!... ¿Cuando nos juntamos?”...
En la mesita del bar se habían sucedido ya varias tazas de café.
Muchas servilletas de papel estaban garabateadas con signos extraños, mezclados con horarios, esquemas geométricos, frases sin concluir, bocetos de figuras humanas, laberintos intrincadísimos...
Poco tiempo después, en el Canal 13 de TV de la Universidad Católica salía al aire, dentro del noticiario de la noche, el flamante y mínimo programa “OJO CON EL ARTE”, de apenas un par de minutos, conducido por Nemesio Antunez.
Al comienzo causó cierto estupor; nosotros mismos nos dimos cuenta de lo loco que aparecía ver a un distinguido señor, sentado en una silla, al lado de una mesita llena de libros, delante de un par de bastidores que querían parecer una escenografía, abrir uno de esos libros y comentar un cuadro como, por ejemplo, “Los Girasoles” de Van Gogh mientras el lente de la cámara se acercaba, en zoom, a la reproducción.
Veíamos entonces el dedo de la mano de Nemesio, en primer plano, desplazándose sobre la lámina, deteniéndose en los detalles de las pinceladas, de las formas, de la textura de la materia pictórica mientras su voz, en off, ponderaba con entusiasmo las cualidades de ese amarillo, de ese naranja, de esos trazos rojos y verdes entre los pétalos...... Y todo eso ¡EN BLANCO Y NEGRO!...
Sí, todavía no llegaba el color a las pantallas de nuestros televisores... En el cine, los fanáticos aún preferían algunas rezagadas películas en blanco y negro.
Los que volvían de viajes al viejo mundo hablaban de la TV en color como algo maravilloso, exótico y casi inaccesible. En el Canal 13 de la U.C. hacíamos los primeros contactos para adquirir los nuevos equipos que iban a ser instalados en la antena común, en la cumbre del Cerro San Cristóbal, cerca de la Virgen...
A ese mundo se incorporó, en esos años ya lejanos, Nemesio Antunez para agregar a su ya largo y ancho currículum el título de “comunicador”.
Fue como la explosión de algo que tenía guardado desde siempre dentro de sí mismo. Ya en sus clases o en el Taller 99 creado por él, entre los jóvenes alumnos o los también jóvenes colegas grabadores reunidos alrededor suyo, había ejercido en la intimidad el oficio de maestro.
“Maestro”, en los albores del Renacimiento italiano, era palabra sagrada, pronunciada con respeto y admiración; no era solamente título de conocimientos adquiridos. Se refería, con mayor propiedad, a la capacidad misteriosa de transmitir claramente y con autoridad visiones de mundo, al traspaso paciente y constante de todo lo aprehendido a otros ojos y a otras mentes, sin presionar ni repetir el Saber en forma rutinaria.
El Maestro “mostraba”- eso significa en el fondo enseñar - al discípulo atento sus propias capacidades; le proponía descubrirse, paso tras paso, en su universo interior, en su forma de personal de construirse como ser humano y lo guiaba hacia los otros, los interlocutores, los dialogantes para tejer juntos lazos de más vida a través de la belleza.
Pienso que Nemesio hizo todo eso desde su taller, desde la sala de clase, desde la pantalla de la TV. Tuvo el don de mostrar sencillamente, de expresar los conceptos más complejos con palabras y gestos entendibles para todos.
Recuerdo su alegría al relatarme sus conversaciones con un chofer de taxi, con una dueña de casa o un funcionario público cualquiera que le agradecían el poder entender. Era entonces cuando me decía: “¿te das cuenta de lo que se podrá hacer cuando tengamos la televisión en colores?”
Su “Ojo con el Arte” se hizo popular y, como todas las cosas que caen en manos del pueblo, adquirió nuevos significados, en una alquimia que se adaptaba a los tiempos. Hasta remplazó en algunos casos el vetusto “ojo al charqui” agregando una dosis más de picardía al tono de Nemesio.
Era el tiempo de la televisión en blanco y negro, de la efervescencia estudiantil, de las utopías. Aún nadie cuidaba su imagen, el “people meter” no existía; sí existían “La chica del bastón” o “El Litre”, o los teleteatros del Canal 9 de la Universidad de Chile.
Era el auge de la televisión Universitaria, de Fernando Castillo en la rectoría de la U. C.
Todo podía ser... Aún se vivía en la cultura del riesgo...
Se arriesgó y se perdió.
Muchos se quedaron afuera y con ellos Nemesio. Deambuló muchos años por otros países, oyendo y hablando otras lenguas, viendo y viviendo otros paisajes, otras amistades, otra vida. Fue un tiempo largo para él y para todos nosotros. Tan largo, que cuando volvió los colores ya brillaban dentro de la pantalla chica.
Nemesio volvió con los ojos y el alma cargados de nuevas experiencias, regadas con dolor y ausencia. Con ganas de entregar a los suyos lo que durante tantos años se había visto obligado a repartir en tierras ajenas. A su compromiso por la belleza se le había sumado, incontenible, el compromiso en la lucha por la libertad aún no conquistada.
Se metió entonces, con sus pinceles, en el combate. Sus carteles para las elecciones libres, sus murales en las poblaciones marginales, su inmenso corazón tricolor acompañaron los compases de una canción nueva que se iba componiendo, nota por nota, paso a paso, entre todos.
Estuvo en el día hermoso del Plebiscito, en el de la Elección por fin libre, abrazando como uno más a amigos y desconocidos en la noche inolvidable en la que se comenzó de nuevo a gritar en voz en cuello la palabra DEMOCRACIA.
Su figura volvió a ser presencia entre nosotros. Su espacio volvió a poblarse de telas con cielos azules, en espera de otros volantines...
No hubo que esperar mucho: le llegaron de una manera impensada, hechos palabra e imágenes danzando en el aire...
“Ojo con el Arte” volvió en gloria y majestad, esta vez en las pantallas de Televisión Nacional y, ¡con una hora de duración!, el programa llegó a todo el país, desde su propio taller.
Nemesio abrió sus puertas y conocimos sus rincones, su mesa de trabajo, sus paletas, sus pinceles; desde allí entró de nuevo en nuestras casas, por fin con los colores soñados tantos años antes, con esos que, ahora sí, le iban a permitir “ Hacer tantas cosas”.
Pareció que retomaba un discurso apenas suspendido, con la serenidad de alguien que sabe que la historia pasada no pudo romperle la esperanza ni menos el corazón. Vino a sacudir la modorra, a instarnos al reencuentro con la belleza que seguía allí, fiel, al lado nuestro, esperando una mirada atenta que la acogiera.
No se anduvo con chicas; tomó la campana y la sacudió con fuerza a la vista de todo el país, con la excusa de llamar a los niños, desde la pantalla, a unas clases por fin entretenidas y alegres. Invitó a los jóvenes a su mesa para compartir sus sueños, a los consagrados también para recordarles su compromiso con un Chile que estaba reconstruyendo su cultura.
Tomó el teléfono y llamó a Matta a Italia y los telespectadores “vieron” su conversación con el maestro surrealista, salpicada de chascarros y de risas. Con su sección para los niños, el “tata” Nemesio pasó a ser referencia obligada en las clases de dibujo de las escuelas de todo Chile.
Miles de pinturas infantiles pasaron en aquel entonces por las pantallas de televisión. La cámara se desplazaba lentamente, deteniéndose en los detalles mientras la voz de Nemesio destacaba las cualidades de esos dibujos llenos de colorido, al igual que lo hacía, tantos años antes, con los cuadros de los grandes maestros.
A cada uno una opinión, un consejo, un aliento, sin palabras rebuscadas, pero sin caer en la tentación de bajar el nivel reflexivo. Guiaba los ojos de los niños con suavidad pero también con firmeza, con la bonhomía de un viejo y sabio profesor que ha pasado por todo.
Al comienzo, se podía ver frente a su casa, una vez por semana, un ajetreo inusitado.
Un ir y venir de técnicos desde el móvil de Televisión Nacional, estacionado en la misma puerta, tirando cables de ida y vuelta, llevando y trayendo luces, micrófonos, cámaras y trípodes hasta y desde el taller, al fondo del pequeño jardín del número 0354 de la calle Carlos Casanueva, en Pedro de Valdivia norte.
Allí todo era “de verdad”... No había escenografía ni ambientación especial; el taller olía a pintura, a aguarrás y barniz. Los cuadros apilados contra la pared y el caballete, con el último lienzo inconcluso esperando los toques definitivos y, sobre la mesa de trabajo, el choapino que se hiciera famoso a través del tiempo, atravesado por sus franjas multicolores como una carta de ajuste.
Nemesio, instalado en un piso alto de madera y totora seguramente comprado en el mercado de la Vega Central, hablaba indistintamente a la cámara o a sus invitados, haciendo caso omiso de la multitud de técnicos que atestaban el espacio.
Allí caí yo un día, como invitado. Rememoramos tiempos pasados, olvidándonos de las cámaras en un diálogo lleno de subentendidos, de claves que se habían construido en el tiempo de una larga amistad.
Me acuerdo que nos reímos mucho y que la gente, en el taller, se rió junto a nosotros. Nos entretuvimos a morir y, con cierto desparpajo, hasta criticamos a la televisión, en buena por supuesto.
Después de un tiempo me llamaron de la producción para integrarme al equipo de ese “Ojo con el Arte II”, como me dio por llamarlo, en una sección dedicada al cine.
Estábamos en la segunda temporada del programa y conmigo también llegaron Eduardo San Martín en arquitectura, Ana Reeves en teatro y Juan Pablo Izquierdo en música.
Desde entonces la colaboración se hizo más estrecha, no sólo con Nemesio. Se comenzó a tejer una historia de amistad con María de la Luz, Eduardo, Verónica, Marta, Raúl y tantos otros, de ésas que se van afirmando en el trabajo común y que van creciendo con el descubrimiento mutuo.
Como por arte de magia, esta vez el taller de Nemesio se encontraba, reconstruido tal cual, en los estudios de Televisión Nacional...
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Mientras tanto, el mal que afligía a Nemesio seguía minándolo por dentro. Nunca me habló de ello pero su mirada me decía que él sabía que yo sabía... El seguía pintando. Sus parejas abrazadas, bailando tango, fueron desplazando a los volantines y se volvieron más numerosas hasta convertirse en muchedumbre apretada, con seres de rostros hundidos el uno en el otro, abrazando talvez su propia identidad amenazada, aferrados a sus recuerdos y a sus sueños, necesitándose mutuamente con angustia para poder ser ellos mismos.
Fue tal vez el momento más pleno de la labor de Nemesio. Siguió en lo suyo sintiéndose necesario, querido y respetado. Desde el Museo y desde su taller, ya propiedad de todos, en su programa seguía convidando al diálogo, a descubrir y gozar de la belleza rompiendo las barreras de los prejuicios generacionales.
Su gesto, invitando a entrar desde la puerta del Museo de Bellas Artes, se volvió emblemático de todo el fenómeno cultural que significó “Ojo con el Arte”.
Entre el Museo y su público logró crear un circuito inédito hasta entonces tomando como sus mejores aliadas a las pantallas de televisión. Desde allí, semana tras semana, convidaba a todo el mundo a visitar su “Museo Abierto”.
Multiplicó por miles los asistentes a las exposiciones y a los eventos artísticos más variados; abrió una cafetería en el mismo recinto... Quería que la gente se quedara, gozando de un espacio que significaba un remanso para encontrarse.
Casi todos los domingos, en la puerta, recibía como dueño de casa a familias enteras cuyos padres le presentaban orgullosos a sus hijos: “Don Nemesio, Usted nos convidó y aquí estamos... Trajimos a los críos para que los conozca... ¡Ya, niños, saluden!”...
Logró hacer vivir ese espacio con la presencia de una multitud bulliciosa, sin distinción alguna de clases, confiando en que la capacidad de asombro frente a la belleza podía estar tal vez dormida, pero nunca muerta.
Sé de algunos eruditos que consideraron su intento televisivo como algo menor, sin el rigor debido ni la profundidad necesaria...
Respeto su opinión pero no la comparto en absoluto.
Nemesio Antunez tenía su punto de vista y un estilo propio para comunicarse con los demás, hecho de libre asociación de ideas, de improvisación espontánea, de conceptos sencillos expresados con palabras aún más sencillas. Eligió a conciencia una manera de decir y de enseñar y la siguió contra viento y marea.
¿Tuvo un método para hacer todo eso? No sabría decirlo y, francamente, no me importa mucho. Pienso que, como un antiguo artesano, a fuerza de repetir las palabras y el gesto preciso en el momento preciso, adquirió la experiencia necesaria para comunicarse de verdad con los demás a través de la televisión.
Parte importante de ese proceso fue el de saber internalizar ciertas imposiciones de la labor televisiva acogiendo, a veces con humor y a veces a regañadientes, las opiniones y las indicaciones de algunos jóvenes “veteranos” de la televisión que tenían en eso más experiencia que él.
Aceptó ser “parte del equipo” que pensaba el programa, aprendiendo rápidamente las reglas de la “nueva televisión”, listo siempre, eso sí, a transgredirlas a la menor provocación.
Estoy dispuesto a jurar que nunca le gustó la existencia de un “libreto” y varias veces, de eso doy fe, su cuestionamiento significó largas conversaciones y hasta vehementes discusiones con la libretista Verónica Weissblut y la directora María de la Luz Savagnac, para poder llegar al final a su salomónica solución: “Si quieren lo digo...pero a mi manera”. Sí, Nemesio tenía su carácter: apasionado, ¿difícil?.. Para algunos sin duda que sí; sin embargo puedo asegurar que logró, con paciencia y perseverancia, afinarlo lo necesario para llegar a establecer una relación armónica de ida y vuelta entre todos los miembros del equipo.
En eso pienso que tuvo que ver, de manera definitiva, la “imagen” de él mismo que el público le devolvía. Empezó a quererla como parte integrante de su ser y la trabajó hasta llegara una simbiosis beneficiosa para ambos que le permitió no caer en excesos ni por un lado ni por el otro.
Si la “imagen” le otorgaba un toque de bonhomía y de cierta ternura, su propio carácter lo mantenía lejos de lo ramplón o de lo “maqueteado”. Fue igualmente él como “tata Nemesio” para los niños o como el crítico cáustico cuando algunas manifestaciones del arte no tenían, a su criterio, la suficiente base de seriedad o de rigor.
No pretendió ser objetivo; por el contrario, hasta frente a las cámaras y con cierta picardía, hacía alarde de su subjetividad...
Vale la pena detenerse un momento para una breve reflexión acerca de eso de la “imagen”, ya que ese tema no suele ser objeto de análisis.
En el caso de alguien que en forma recurrente aparece en televisión, y hecha la debida diferenciación de los distintos géneros y objetivos de los programas, es bueno aclarar que la “imagen” definitiva y global de alguien que se ha dado en definir como “rostro” de una determinada estación televisiva, es producto de un proceso en el cual están involucrados un número considerable de sujetos que trabajan en el medio y que nunca aparecen en la pantalla.
Hablar acerca de ellos me parece como un mínimo deber ético. Desde los periodistas que exploran la realidad contingente y traen propuestas concretas de reportajes, hasta quien tiene a su cargo la dirección del programa y que sintetiza desde su propio punto de vista conceptual y estético lo que en definitiva aparece en la pantalla.
Parte esencial del equipo son los o las libretistas que, al igual que un dramaturgo, elaboran las situaciones, los textos y los diálogos que por lo general salen de la boca de los conductores. Es todo un grupo de personas el que estructura la columna vertebral de cualquier programa y que debe conjugar muchos factores para evidenciar las dotes específicas de los animadores y/o conductores, proponiendo temáticas y formas televisivas que logren la simbiosis sicológica y formal que se anotaba anteriormente.
¿Quién es entonces, en definitiva, aquel que se muestra en pantalla? ¿Es el producto exclusivo de una fuerte personalidad o es más bien el resultado de un trabajo conjunto que lima asperezas, enfatiza características positivas y estimula el talento creativo personal?
Soy un convencido de que, como en todas las cosas de este mundo, uno es siempre el resultado de un arreglo, lo más amistoso posible, entre su individualísima personalidad y la influencia insoslayable de su propio entorno. Los talentos pueden asomar o ser destruidos por entornos favorables o adversos, creados siempre por grupos humanos que están ligados unos a otros por determinados intereses y condiciones personales.
Nemesio Antunez no fue la excepción.
Tuvo la posibilidad de tener a su lado a personas que tenían la misma sintonía y necesidades y vocación parecidas. Pudo dialogar y aportar su bagaje de sensibilidad, creatividad y experiencia sin trabas de ninguna especie, a la tarea común de construir cultura.
Sus intuiciones y sus convicciones se concretaron en un programa señero de nuestra televisión, con el aporte silencioso de muchos.
Esto no opaca en absoluto los méritos de sobra conocidos de un Maestro como Nemesio. No sólo por su clara inteligencia y su carisma de comunicador, sino y sobre todo por su perseverancia y por su entrega a su antiguo e intransable sueño: hacer del arte y la cultura el eje fundamental del desarrollo de nuestro país...
Hasta que su mal, al fin, lo obligó a alejarse de la televisión y de su querido Museo. Resistió más allá de sus fuerzas las agobiantes sesiones de quimioterapia, entregándose hasta el último a su trabajo, sin aspavientos ni gestos grandilocuentes.
Su partida fue igual a la de un buen trabajador que deja el arado clavado en el surco para que otro lo tome y siga de inmediato con la tarea inconclusa.
Su manta multicolor, como carta de ajuste, depositada en su féretro, y su gigantesco corazón con la bandera de Chile, quedan como signos de vida entre nosotros mientras el “tata” Nemesio sigue tocando su campana para mantenernos despiertos y atentos al llamado de la Belleza que, en el fondo, es la verdadera y definitiva Libertad.

Claudio di Girolamo
Julio de 1996

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